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ActualizadasLa alternativa latinoamericana a TuneIn que permite escuchar emisoras gratis y sin publicidad
El mundo de la radio online continúa creciendo y Latinoamérica suma una nueva propuesta con identidad propia. MiRadioLive Radios se presenta como una alternativa regional frente a grandes plataformas internacionales como TuneIn, con una propuesta simple: reunir radios de distintos países latinoamericanos en un portal gratuito, accesible y fácil de utilizar.
Desde miradiolive.com/radios, cualquier persona puede ingresar desde su computadora, tablet o teléfono celular y comenzar a explorar diferentes emisoras sin necesidad de registrarse ni pagar una suscripción.
El objetivo de MiRadioLive es facilitar el encuentro entre las radios y sus oyentes. En lugar de depender exclusivamente de aplicaciones individuales o de buscar cada emisora por separado, el portal funciona como un gran catálogo de radios online donde el usuario puede descubrir nuevos contenidos, escuchar transmisiones en vivo y guardar sus emisoras favoritas.
Uno de los principales diferenciales de la plataforma es su propuesta gratuita y sin publicidad para el oyente, buscando que la experiencia se concentre directamente en el contenido de cada radio.
Una vidriera para las radios de Latinoamérica
MiRadioLive Radios no está pensado únicamente como un reproductor. El proyecto busca convertirse en un punto de encuentro para emisoras de Argentina y otros países de América Latina, permitiendo que radios tradicionales, FM, proyectos digitales y medios independientes tengan un espacio desde donde llegar a nuevas audiencias.
Cada emisora cuenta con su propia presentación dentro del portal, con su nombre, logotipo y acceso a la transmisión en vivo.
Además, el usuario puede buscar radios y descubrir nuevas propuestas, haciendo que pequeñas y medianas emisoras tengan mayores posibilidades de ser encontradas por personas que todavía no las conocen.
Radios instalables directamente en el celular
Otra de las características destacadas del portal es la posibilidad de instalar las radios en el dispositivo.
Desde la ficha de una emisora, el usuario puede pulsar el botón “Instalar” y agregar esa radio a su teléfono como una aplicación independiente, obteniendo un acceso directo desde la pantalla principal.
De esta manera, una persona puede tener instaladas varias radios diferentes y acceder rápidamente a cada una sin tener que buscarlas nuevamente.
La experiencia busca combinar la facilidad de una aplicación móvil con la comodidad de la web.
Una propuesta latinoamericana frente a las grandes plataformas
Durante años, servicios como TuneIn se convirtieron en referentes internacionales para escuchar radio por Internet. MiRadioLive busca desarrollar una propuesta enfocada especialmente en el mercado latinoamericano, poniendo el foco en las emisoras de la región y simplificando la relación entre las radios y sus oyentes.
La plataforma apuesta por una experiencia sencilla: ingresar, buscar una emisora y comenzar a escuchar.
Sin suscripciones obligatorias, sin costos para el oyente y sin publicidad dentro del portal.
Descubrir una radio nueva en segundos
La plataforma también funciona como una herramienta de descubrimiento.
Un visitante puede ingresar buscando una emisora específica, pero también recorrer el catálogo y encontrar radios de diferentes ciudades y países.
Esto convierte a MiRadioLive Radios en una vidriera digital para proyectos que muchas veces cuentan con excelentes contenidos pero no tienen presencia en las grandes plataformas internacionales.
Para las emisoras, significa una nueva posibilidad de ampliar su audiencia. Para los oyentes, significa acceder a una mayor variedad de música, información, entretenimiento y programación local.
Escuchar radio vuelve a ser simple
MiRadioLive plantea una idea sencilla: que escuchar radio online no requiera instalar grandes aplicaciones, crear cuentas o atravesar múltiples pantallas.
El usuario solamente necesita ingresar a:
miradiolive.com/radios
Desde allí puede explorar las emisoras disponibles, seleccionar una radio, comenzar la reproducción y continuar navegando por el portal mientras sigue escuchando.
También puede compartir una emisora con otras personas o instalarla en su teléfono para acceder nuevamente con un solo toque.
Una plataforma que seguirá incorporando emisoras
El proyecto continuará sumando nuevas radios de Latinoamérica, con la intención de construir uno de los principales directorios regionales de emisoras online.
La propuesta de MiRadioLive busca darle mayor protagonismo a las radios latinoamericanas y ofrecerles un espacio moderno donde puedan encontrarse con nuevos oyentes.
MiRadioLive Radios ya está disponible de manera gratuita en:
miradiolive.com/radios
Una nueva forma de descubrir, escuchar e instalar radios de Latinoamérica desde un solo lugar.
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Luis Miguel y Coca-Cola celebran un siglo de historia compartida
La campaña, titulada "Nuestra fórmula es siempre juntos", protagonizada por Luis Miguel, destaca el vínculo profundo que la marca ha construido con México a lo largo de los años.
Hace un siglo comenzó una historia que se ha convertido en un pilar de la vida cotidiana de millones de mexicanos. Coca-Cola, en su centenario, no solo recuerda un aniversario, sino que honra las memorias compartidas, las reuniones familiares y los momentos que han tejido el tejido social del país.
La campaña busca evocar la esencia de México, recordando la calidez de las sobremesas, la alegría de las comidas compartidas y la fortaleza de una cultura que siempre encuentra motivos para reunirse. Carmen Méndez, Vicepresidenta de Frontline Marketing de The Coca-Cola Company México, comentó: "Cumplir 100 años en México representa mucho más que celebrar un aniversario; es reconocer la relación que hemos construido con millones de personas a lo largo de generaciones". Este homenaje a los encuentros cotidianos resalta la importancia de la comunidad y la conexión entre las personas.
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¿Quién fué Carlos "Indio" Solari?
Carlos Alberto "Indio" Solari (1949–2026) fue un legendario músico y compositor argentino, considerado un ícono fundamental de la cultura popular y el rock nacional. Fue la voz líder y principal letrista de Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, y posteriormente lideró su proyecto solista El Mister y Los Marsupiales Extintos junto a Los Fundamentalistas del Aire Acondicionado
- Los Redonditos de Ricota (1976–2001): Junto al guitarrista Skay Beilinson, fundó una de las bandas más influyentes de Hispanoamérica. Se convirtieron en un fenómeno de culto masivo e independiente, famosos por sus letras poéticas y sus conciertos convertidos en verdaderas "misas".
- Etapa Solista: Tras la disolución de la banda, formó su propia agrupación y siguió llenando estadios multitudinarios hasta su retiro de los escenarios en 2017.
- Reconocimiento: Su enorme impacto fue celebrado a lo largo de los años, incluyendo el prestigioso Premio Konex de Platino al Mejor Cantante de Rock de la década (2015) y el Doctorado Honoris Causa otorgado por la UBA.
- Fallecimiento: El 5 de junio de 2026, a sus 77 años y tras una larga lucha contra la enfermedad de Parkinson, falleció en su casa de Parque Leloir, dejando un vacío irremplazable en el arte argentino
https://www.youtube.com/watch?v=Rc99QxvzMZ0
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Emoción en el folklore argentino por lo que reveló Luciano Pereyra de Horacio Guarany
Luciano Pereyra conmovió a la audiencia de La Peña de Morfi al encabezar un emotivo homenaje dedicado a la memoria de Horacio Guarany, en el programa emitido por Telefe. El cantante de Luján asumió el rol de relator en un informe que repasó la vida, la obra y el legado incalculable del recordado referente folklórico.
El tributo coincidió con una fecha de alta carga nostálgica para la música popular, dado que el pasado 15 de mayo el maestro de los maestros hubiera celebrado sus 101 años de vida. Durante la narración del material audiovisual, Pereyra no escatimó en elogios para calificar la personalidad del homenajeado sobre el escenario y fuera de él.
"Explosivo y apasionado", lo definió Luciano con notable emoción, sintetizando en esas palabras la esencia de un artista que marcó a fuego la historia cultural del país. El relato recorrió los hitos más importantes de la carrera de Guarany, rescatando la fuerza de su interpretación que siempre lo unió de manera incondicional con su público.
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La historia de la música: desde los primeros sonidos hasta la era digital
La historia de la música es tan antigua como la propia humanidad. Mucho antes de la aparición de la escritura, los seres humanos ya utilizaban sonidos, ritmos y cantos para comunicarse, celebrar rituales, expresar emociones y acompañar distintas actividades de la vida cotidiana.
Los primeros indicios musicales se remontan a la prehistoria, cuando el hombre comenzó a descubrir sonidos golpeando piedras, troncos o utilizando huesos y cañas como instrumentos rudimentarios. Estas primeras expresiones musicales estaban relacionadas con ceremonias religiosas, danzas tribales, celebraciones y pedidos a los dioses para obtener buenas cosechas o protección.
Con el avance de las civilizaciones antiguas, la música comenzó a adquirir un rol más importante dentro de la sociedad. En el antiguo Egipto, Grecia y Roma, la música era utilizada en ceremonias religiosas, teatros y festividades. Los griegos consideraban que la música tenía influencia directa sobre las emociones y el comportamiento humano, desarrollando teorías musicales que todavía son estudiadas en la actualidad.
Durante la Edad Media, la música tomó un fuerte carácter religioso en Europa. Surgieron los cantos gregorianos dentro de las iglesias, mientras que los trovadores y juglares recorrían pueblos llevando historias y canciones populares. En esta etapa comenzaron a desarrollarse sistemas de escritura musical que permitieron conservar composiciones a lo largo del tiempo.
El Renacimiento marcó una etapa de gran crecimiento artístico. La música se volvió más compleja y armónica, incorporando múltiples voces e instrumentos. Más adelante, durante el período barroco, aparecieron grandes compositores como Johann Sebastian Bach y Antonio Vivaldi, quienes revolucionaron la composición musical con obras que continúan siendo referencia mundial.
En los siglos XVIII y XIX, la música clásica alcanzó un enorme desarrollo con figuras como Wolfgang Amadeus Mozart, Ludwig van Beethoven y Frédéric Chopin. La música comenzó a presentarse en grandes teatros y salas de conciertos, convirtiéndose también en una forma de entretenimiento para el público.
Con la llegada del siglo XX, la evolución tecnológica transformó completamente la industria musical. Aparecieron nuevos géneros como el jazz, blues, rock, pop, reggae, electrónica y hip hop, permitiendo una enorme diversidad cultural y artística. La radio, el vinilo, el cassette, el CD y posteriormente internet facilitaron que la música pudiera llegar a millones de personas en todo el mundo.
Actualmente, la música forma parte esencial de la vida cotidiana. Gracias a las plataformas digitales y al streaming, artistas independientes pueden compartir sus canciones globalmente sin necesidad de grandes compañías discográficas. Además, la inteligencia artificial y las nuevas tecnologías están comenzando a influir en la creación musical, abriendo un nuevo capítulo en la historia de este arte universal.
https://www.youtube.com/watch?v=pHaR2lDLKb0
La música no solo entretiene: también une culturas, transmite emociones y refleja la evolución de la sociedad a través del tiempo. Desde un tambor prehistórico hasta una canción reproducida en streaming, la música continúa siendo uno de los lenguajes más poderosos de la humanidad
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Mon Laferte encabeza las nominaciones a los Premios Pulsar 2026
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Taylor Swift domina las tendencias y los escenarios
Su impacto sigue vigente gracias a la extensión de sus presentaciones y su constante presencia en las búsquedas globales de Spotify y plataformas digitales. En el plano de las giras, se espera que este año sea uno de los más activos para la industria, compartiendo cartelera global con artistas como Ariana Grande y Harry Styles.
- En Spotify y Apple Music: Sigue rompiendo récords de reproducciones simultáneas gracias a su capacidad para movilizar a su "fandom" (los Swifties) mediante pistas ocultas (easter eggs) en sus redes sociales.
- Contenido exclusivo: Su estrategia de lanzar versiones "Deluxe" o "Taylor’s Versions" mantiene su catálogo antiguo en constante rotación, compitiendo contra sus propios lanzamientos nuevos en las listas de Billboard.
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El Rey del Pop bajo los reflectores: El renacimiento del fenómeno Michael Jackson
La noticia de su vida comenzó en Gary, Indiana, como el séptimo de nueve hijos. Desde los Jackson 5, Michael demostró una disciplina y talento que lo llevarían a la cima absoluta en los años 80 con el álbum Thriller, que aún hoy se mantiene como el más vendido de la historia con unos 65 millones de copias. Hitos como el invento del "Moonwalk" y la transformación de los videoclips en cortometrajes cinematográficos cimentaron su estatus de leyenda viva.Un legado de contrastes
Sin embargo, la historia de Jackson no está exenta de controversia. En paralelo al éxito de la película, han surgido nuevos testimonios, como los de la familia Cascio, que reabren el debate sobre las acusaciones de abuso que lo persiguieron durante años. Mientras algunos lo defienden como una víctima de su propia fama y de un sistema manipulador, otros insisten en revisar críticamente su vida personal detrás de las puertas de su rancho Neverland.El imperio que no deja de crecer
Incluso después de muerto, Michael Jackson sigue siendo el "Rey" financiero. En 2025, su patrimonio generó ingresos por 105 millones de dólares, liderando la lista de celebridades fallecidas con mayores ganancias. Desde obras en Broadway como MJ: The Musical hasta espectáculos del Cirque du Soleil, su arte sigue siendo un motor económico imparable.Al final del día, la historia de Michael Jackson es la de un hombre que buscó la perfección en un escenario mientras luchaba por encontrar una infancia que nunca tuvo.
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Novedades
ActualizadasMilei versus los libertarios de poca fe
Ya en campaña por la reelección y elegido el kirchnerismo como principal fuerza para confrontar en público, Javier Milei acaba de quedar sin embargo en medio de un contrapunto más sutil y desafiante que libra dentro de la Casa Rosada, frente a los incrédulos de su propia administración. Son los que han empezado a dudar de los tiempos del programa económico. ¿Habrá algo más para mostrar antes de octubre de 2027? Esa disputa, bastante menos evidente que la interna entre su hermana Karina, los Menem y Santiago Caputo o que las críticas a empresarios y periodistas, lo seguirá acompañando en la medida en que no obtenga resultados uniformes y descollantes.
Libertarios de poca fe. Cada tanto, en la intimidad o a través de declaraciones públicas, aparece alguno que duda. Pasó el lunes, durante la reunión de gabinete, otra vez con Patricia Bullrich. No fue algo explícito: la senadora dijo al pasar que había sectores económicamente golpeados. Nada nuevo. Hace tiempo que ella lo plantea; la persiguen los fantasmas de la gestión de Macri. El de las primarias de agosto de 2019, por ejemplo. Cuando, confiado el gabinete hasta ese momento en las proyecciones de Marcos Peña y Durán Barba, recibió el golpazo de la derrota que desencadenó al día siguiente la corrida y aceleró el final.
Bullrich suele agregar, sin embargo, que ahora podría ser distinto porque hay tiempo de corregirse. Pero su sola referencia a los rezagados alcanzó el lunes para que el Presidente dedicara después en el mismo encuentro, y sin nombrarla, un largo rato a explicar por qué muchos de los diagnósticos económicos que se oyen están equivocados.
Nadie más hizo objeciones. Pero hay varios inquietos. Funcionarios y militantes convencidos del modelo que valoran los logros, pero a quienes también los perturba ver a Milei dispuesto a concluir con el ajuste incluso en medio de la campaña electoral, algo que nadie hizo nunca, y que proyectan además los números fiscales que, pese a las quejas por el ingreso o salario, imaginan recibiría eventualmente un sucesor. Cuentas en equilibrio, tarifas acordes con los costos, inflación en baja, calles despejadas, superávit comercial y sindicatos y movimientos sociales desmembrados. “Agarra un populista, sube impuestos y no se va por una década”, proyectó un oficialista que quisiera creer. Hace unos días, motivado por lo mismo, alguien le preguntó al ministro de Economía, Luis Caputo, si la reducción de subsidios iba a interrumpirse o atenuarse en los próximos meses. Estaba pensando en el IPC: según los resultados que el Indec dio a conocer anteayer, los peores aumentos no están en los bienes sino en los servicios. Pero Caputo contestó a lo Milei: “Depende de la ‘reca’”, dijo, y agregó que si los ingresos venían mal iba a tener que seguir eliminando subsidios para preservar el equilibrio fiscal.
Ahí no hay fisuras. Igual que el Presidente, el ministro prefiere resignar actividad antes que aflojar el apretón monetario y aceptar como consecuencia una caída más gradual en la inflación. Es una apuesta electoralmente riesgosa: el segundo trimestre del año, cuyos números oficiales se publicarán la semana próxima, volvió a dar para abajo. Y ese comportamiento coincide con los desplomes en industria y en la construcción en julio, ya tercer trimestre, y más allá de que en el Palacio de Hacienda le encuentran a ambas caídas explicaciones técnicas o de estacionalidad: dicen que julio fue un mes con lluvias infrecuentes que paralizaron la construcción y que, por el lado fabril, el recorte de subsidios tarifarios y el alza en el petróleo y el gas dispararon los costos en relación con 2025 y eso convenció a varios de parar plantas durante esos días.
Los afectados lo padecen de todos modos: para unos cuantos no resultó rentable producir. Es uno de los puntos de conflicto entre Caputo y la Unión Industrial Argentina (UIA): después de las críticas que se oyeron en la última celebración del Día de la Industria en la planta de Elea, el ministro le postergó a la conducción de la central fabril una reunión que tenían prevista para estos días. En el Palacio de Hacienda dicen estar buscando fecha para concretarlo, pero anticipan que octubre es un mes de agenda cargada.
Milei dice que no le preocupa. No alterará el programa por una elección y hasta se jacta de eso. “Volvemos al sector privado”, repite. En donde sí parece estar dispuesto a ceder es en asuntos que van por fuera de lo económico y que en todo caso empieza a discutir la mesa política. Federico Sturzenegger, probablemente el ministro más identificado ideológicamente con Milei, ya está avisado: algunos de sus proyectos no verán la luz por un tiempo o serán presentados de una manera menos confrontativa, repartidos en distintas resoluciones o aplicados en varias secuencias. Venta libre en farmacias, libertad educativa, etcétera. Días atrás, invitado a la reunión de la mesa política después del fracaso de la reforma en el régimen de los prácticos, y apenas Santilli le recordó que varios gobernadores estaban reclamando la ley del cabotaje fluvial para bajar los costos internos, una iniciativa que ya puso en guardia a la industria naval, Sturzenegger hizo un gesto como tomando a todos sus compañeros de la mano: “No hay problema, pero nos agarramos y bancamos”, dijo.

Un pase de factura tenue que no pasó de eso, porque el escenario tampoco permite tensar tanto la relación con los aliados. Gobernadores, referentes de Pro, radicales. Esta semana, al ver que la oposición tenía el quorum para los proyectos de discapacidad y morosidad en la Cámara de Diputados, Martín Menem aceptó sin quejarse las mociones para fijar el cronograma de trabajo en las comisiones. “No me obligues a resistir en temas como la discapacidad”, le habían dicho en uno de los espacios que lo apuntalan.
¿Cuántos proyectos libertarios podrían quedar en el camino de estos acuerdos? Nadie lo sabe. En el Gobierno dudan hasta con la reforma política, fundamental para el propósito de evitar las primarias. Deberán negociarlo. “Vamos a hacer lo posible”, dijo Menem anteayer en Radio Mitre. “Hoy la reforma no está”, la oyeron plantear en la intimidad a Patricia Bullrich.
El temor de varios armadores oficialistas es que el clientelismo de algunos gobernadores motive a votar solo en las elecciones locales y a desoír la convocatoria nacional. No hay que olvidar que muchos comicios provinciales irán desacoplados y que la provincia de Buenos Aires tiene un sistema de votación distinto. El Gobierno necesita a los gobernadores militando la boleta libertaria: la abstención ha pasado a ser tanto o más riesgosa que cualquier propuesta opositora.
Dependerá en parte de lo que haga el peronismo. Por ahora está partido en pedazos. Dicen que el tema preferido de Máximo Kirchner en las reuniones es Kicillof. Y que Massa también se suma a la crítica. Dudan de esa candidatura con el argumento de que no les garantiza un piso alto. Alguien le preguntó en estos días a Massa si en sus planes figuraba también competir para gobernador bonaerense. La respuesta fue que no, que para aspirar a una administración razonable en ese distrito había que encarar modificaciones estructurales que la dirigencia bonaerense rechaza. Que prefiere guardarse y que, en todo caso, si aparece “una ventana”, competirá por la presidencia. ¿Ventana? Quienes conocen su optimismo saben que imagina una puerta de par en par.
Todos anhelos sujetos a un fracaso económico de Milei. A que el electorado decida volver cuatro años en el tiempo porque algo salió mal o se demora más de la cuenta. Es el terror de los incrédulos libertarios.
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Dos pedidos para el Gobierno
En mayo del año pasado me quejé de que el Gobierno todavía no había nombrado (ni intentado nombrar) ningún magistrado, a pesar de los enormes problemas que generaba para la Justicia Federal la existencia de tantos juzgados y fiscalías vacantes. Desoyendo mis protestas, el Gobierno mantuvo su postura durante casi otro año más, hasta la llegada de Juan Bautista Mahiques al Ministerio de Justicia, que finalmente mandó los pliegos demorados y entre junio y fines de agosto el Senado aprobó 170 cargos de jueces, fiscales y defensores federales.
Si antes protestaba porque el Gobierno ignoraba el tema, ahora no voy a protestar por lo contrario. Nombrar jueces es parte del funcionamiento normal de una república y estas designaciones cumplieron los pasos legales para cada cargo: el Consejo de la Magistratura hizo los concursos y presentó sus ternas al Poder Ejecutivo, que a su vez eligió un candidato para enviar el pliego al Senado y el Senado los aprobó. En este sentido, nada que objetar: debería ser más habitual y menos parecido a un aluvión esporádico, pero es un paso adelante.
Un punto para resaltar, sin embargo, es que solo seis de los 170 cargos aprobados fueron para abogados que venían ejerciendo su profesión fuera del sistema judicial. Es decir, que la inmensa mayoría de los afortunados ganadores de los concursos son miembros de lo que se conoce, quizás injustamente, como la “familia judicial”, famosa por ser proclive a los acomodos y los intercambios de favores. Sería injusto y soberbio afirmar que todos los designados en estos meses entraron o ascendieron gracias a padrinos o contactos, pero la hostilidad de la familia para aceptar yernos o cuñados nuevos parece innegable.
Un problema central de nuestra Justicia es la enorme influencia de estos padrinos (de dentro pero también de afuera: de la política) en las carreras de los magistrados federales. Tipos y minas que saben a qué operadores les deben sus cargos (y de quiénes dependen para seguir ascendiendo) se incorporan así a la cascada de decisiones en el borde de la legalidad que empiojan los expedientes y perjudican la calidad del servicio de justicia.
Algunos dirán que, con la cultura política que tenemos, es un problema imposible de resolver. Que seguiremos presos de este sistema judicial donde reinan los favores, los acomodos, las apretadas y la ocasional corrupción. Puede ser. Sin embargo, está en el aire una propuesta de la Corte Suprema que ayudaría mucho a reducir la influencia de los operadores y aumentar las chances de los candidatos más idóneos para los cargos vacantes.

Esta propuesta, firmada en marzo por dos de los jueces de la Corte (Rosenkrantz y Lorenzetti), busca hacer una reforma profunda de los concursos. La visión de la Corte es que los concursos actuales son demasiado discrecionales, sobre todo la instancia de la “entrevista”, que deja mucho espacio para acomodar los puntajes. La Corte propone exámenes anónimos, con una primera prueba automatizada, una segunda de resolución de casos y redacción de sentencias, antecedentes tabulados y una entrevista limitada a 20 puntos sobre 200. Para los ñoños de corazoncito meritocrático, como yo, parece una propuesta más que razonable, imposible de rechazar en sus propios términos.
Sin embargo, ahí está, penando en el Consejo de la Magistratura, donde necesita 11 votos de 20 para ser aprobada y donde pocos parecen estar mostrando urgencia por tratarlo. Quizás la falta de entusiasmo se deba a que, como tantas veces en la Justicia, algunos están relojeando cómo vienen los apoyos políticos antes de decidir su postura. El Gobierno no parece muy entusiasmado. Mahiques, sobrino perfecto de la “familia judicial”, no se pronunció sobre el tema, pero su viceministro, Santiago Viola, dijo que la propuesta de la Corte es apenas un “consejo” y criticó la “ansiedad desmedida” de algunos por aprobarla. Otra incógnita es el tercer miembro de la Corte, Horacio Rosatti, que no firmó la acordada, aunque después la calificó como “valiosa”. Un dato que seguro no tiene nada que ver, pero quizás libera a Rosatti hacia el futuro: uno de los designados en junio, con el sistema actual, fue su hijo Emilio, ahora juez del tribunal oral de Santa Fe.
Acá vienen entonces mis dos pedidos para el Gobierno. Si, como dice, quiere mejorar las instituciones, terminar con las “mafias” y generar confianza en el país, debería apoyar públicamente la acordada de Rosenkrantz y Lorenzetti e impulsar, con los cambios necesarios para conseguir los votos, un nuevo reglamento de concursos para jueces. Un gobierno meritócrata no puede defender este sistema de elección de magistrados donde reinan los acomodos, los operadores y los padrinazgos.
Segundo pedido: completar la Corte Suprema. Dado que salió del letargo con la designación de magistrados federales, el Gobierno podría aprovechar el envión para terminar con la anomalía de tener una Corte de tres miembros, incompleta desde la renuncia de Highton de Nolasco en 2021 y la salida de Maqueda en 2024. Estas vacantes también generan todo tipo de engorros y demoras, además de ser un problema democrático en sí mismo: un país no puede estar tanto tiempo sin todos sus miembros del máximo tribunal. Acá el Gobierno es cierto que lo intentó, a los tumbos, estrafalariamente, con los pliegos de Ariel Lijo y Manuel García-Mansilla rechazados a principios del año pasado, pero toda la saga de sus nombramientos fue un desastre de principio a fin.
En los últimos 20 años solo llegaron dos jueces nuevos a la Corte: Rosatti y Rosenkrantz, en 2016. Desde entonces pasó una década sin una sola incorporación, la mitad de ese tiempo con la Corte incompleta. Ahora es el momento ideal para arrancar el proceso otra vez. Si ya tuvo la intención y el músculo político como para conseguir que 66 senadores votaran sus pliegos federales, no veo por qué no podría el Gobierno pensar dos nombres potables y prestigiosos que reúnan los 48 votos necesarios para designar a los jueces supremos. Si se demora, en unos meses entramos en año electoral y ya después será imposible. Si se demora todavía más, quién sabe qué pasará en las elecciones. Podría dejarle la decisión, que influirá en el orden jurídico argentino de las próximas generaciones, a Axel Kicillof, a Sergio Massa o a quien fuera. Estimo que el presidente Milei no quiere dejarles semejante regalito.
Si no es mucho pedir, sería ideal que estos dos nombres potables y prestigiosos sean de cualquier filosofía del derecho pero intelectualmente serios, no rosqueros, no políticos, miembros de la familia judicial (o no), pero ajenos a su cadena de favores. En estos años hemos discutido mucho sobre la ideología de los jueces –abolicionistas, punitivistas, positivistas, interpretativistas–, pero prefiero a cualquiera que se tome en serio a sí mismo y se tome en serio al derecho y la Constitución, antes que uno que viene a hacer política desde la Corte Suprema. Fin de los pedidos.
Este artículo fue publicado originalmente en la revista digital Seúl
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Un jugador que le metió un gol a Boca en una final fue denunciado por amenazar a una repartidora
El jugador brasileño John Kennedy, quien anotó el 2 a 1 final con el que Fluminense se coronó campeón de la Copa Libertadores 2023 frente a Boca Juniors, fue denunciado por amenazar a una repartidora de una aplicación de comida. El incidente ocurrió el lunes, cuando el futbolista pidió un helado en un hospital privado de Copacabana, en la zona sur de Río de Janeiro, donde se recupera luego de una operación de rodilla derecha.
Luego de que el hecho tomara conocimiento público, Kennedy reconoció que existió la conversación, pero “negó rotundamente” haber amedrentado a la trabajadora.
Según reconstruyó el medio ge.globo, la repartidora, Samantha Guzmán, llegó para completar la entrega y le pidió a Kennedy que bajara, pero no obtuvo respuesta y contactó al chat de la aplicación. Después de 15 minutos, el delantero de Fluminense respondió y se desató una discusión, en la que el deportista la habría insultado.

“Lo arreglaré contigo de otra manera”, se lee en uno de los pasajes del intercambio, cuyas capturas empezaron a circular en redes sociales durante las últimas horas.
En la misma conversación, Kennedy le aclaró a la repartidora que, quien recibiría el pedido sería alguien de su entorno. En esa dirección, la víctima afirmó que encontró a un amigo del jugador en la entrada del hospital, quien la insultó, llamándola “sin hogar” y “muerta de hambre”. Minutos más tarde, la policía acudió al lugar y detuvo la discusión entre ambos.
En su declaración a la Policía Militar de Río de Janeiro, Guzmán alegó que el 9 de septiembre -dos días después del hecho-, el mismo amigo de Kennedy que había estado en el hospital fue al negocio de su padre, también en Copacabana. Según la mujer, en ese momento el hombre volvió a incurrir en diversas amenazas.

Finalmente, el día jueves 10, la repartidora presentó una denuncia policial en la Comisaría N° 12 de la Policía Civil de Copacabana y, después, desde el entorno de Kennedy difundieron un comunicado, en el que expresaron: “John Kennedy admite que hubo una conversación con un empleado de la aplicación iFood sobre problemas con la entrega, pero niega rotundamente haber proferido amenazas contra terceros en el incidente denunciado”. De momento, la denuncia presentada por Guzmán continúa su cuso legal.
Durante la Libertadores 2023, el atacante brasileño disputó un total de 10 partidos, en los cuales marcó cuatro goles y dio tres asistencias. Tras superar una etapa de irregularidad y un breve ciclo cedido a préstamo, su rendimiento en el ámbito local alcanzó una madurez superlativa en el Brasileirao 2026. En la temporada actual, Kennedy registra nueve tantos y dos pases de gol en 18 compromisos.
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Juan Carlos Cassagne: “El sistema populista de Laclau se derrumbó por la corrupción generalizada”
Juan Carlos Cassagne es una de las figuras más influyentes del derecho administrativo argentino. Doctor en Derecho por la Universidad de Buenos Aires, hace casi 50 años integra la Academia Nacional de Derecho. Combinó el ejercicio de la función pública con una extensa carrera académica y con el sector privado a través de Cassagne Abogados.
Acaba de publicar El Estado Populista (Ediar), un libro en el que cruza su experiencia como administrativista con una lectura crítica de la obra de Ernesto Laclau –el politólogo argentino al que describe como “el ideólogo de todo el socialismo del siglo XXI”– para explicar los mecanismos que, según su tesis, llevaron a media región a construir liderazgos populistas de larga duración. “Vi cómo se derrumbaba el sistema populista de Laclau, en sus propios cimientos, por la corrupción generalizada. Es la primera vez que veo un sistema organizado de corrupción”, comenta.
Señala que el populismo es un mal antiguo que se puede rastrear hasta la Roma del “pan y circo” y llega hasta nuestros días. ”Me empezó a preocupar este tema cuando leí a uno de mis autores preferidos, el húngaro Sándor Márai, que transita la historia de la Europa de entreguerras y de posguerra –cuenta–. Márai explica muy bien cómo la intelectualidad europea abierta y diversa que conoció en los años 30 y 40 un día desaparece, y de pronto todos piensan igual. Llega a una París en la que había un pensamiento único, que seguía fundamentalmente a Jean Paul Sartre".
Cassagne menciona la influencia que Antonio Gramsci tuvo en todo ese conjunto de intelectuales, y apunta que la idea de pertenencia a un grupo para crear y mantener una hegemonía intelectual sedujo a muchos latinoamericanos también. “Muchos, como Vargas Llosa, estuvieron en esa línea hasta que se apartaron. Cuando me enteré que Ernesto Laclau –a quien conocí de chico, porque su familia y la mía están emparentadas–, era el ideólogo de todo el socialismo del siglo XXI empecé a leer sus libros. Su obra central, La razón populista, es un manual del usuario que siguieron estos líderes”.
A Cassagne le pareció un desafío interesante estudiar la forma que el populismo adoptó en la Argentina. El país, añade, fue un laboratorio del modelo siglo XXI de este fenómeno.
–Define el populismo como una tendencia que implica el ejercicio del poder mediante el halago del pueblo. Pero esa idea de “pueblo” deja a muchos afuera.
–El concepto de pueblo que toman es restringido. Tampoco tiene que ver necesariamente con el pueblo real, al que más bien desprecian. Es un pueblo idealizado, limitado a un sector al que llaman “los dominados”. Gramsci reemplaza la ecuación marxista entre propietarios y trabajadores por dominantes y dominados. Promueve la unión de los intelectuales con ese pueblo al que se trata de masificar para edificar una hegemonía. Está basada en una “teoría de las equivalencias” muy interesante: hay que buscar la demanda de mayor centralidad y lograr que sea compatible con todas las demás.
–En El Estado populista sostiene que estos conceptos funcionan a condición de que haya crisis y movimientos de masas.
–Cuando me refiero a eso pienso en una forma de populismo de izquierda radicalizada que intenta quedarse; los de derecha, se van. El socialismo del siglo XXI utiliza la vía democrática y después se eterniza en el poder. O bien recurre a la vía revolucionaria, como antes ocurrió en Cuba, que es un caso curioso: Fidel Castro no usó la vía democrática para llegar al poder, sino que engañó a mucha gente, que creyó que eso iba a derivar en democracia. Resultó algo totalmente distinto.
–El populismo no es una ideología ni de izquierda ni de derecha, pero en el libro hace mucho más hincapié en Chávez, los Kirchner, Correa y Morales. ¿Qué opina de los populismos de derecha?
–La diferencia es que el populismo de derecha, tal como se da en el mundo, se va del poder. El de izquierda estratifica todo el sistema político, que queda sesgado: la creación humana no existe, el hombre individual no existe y se lo reemplaza por el hombre colectivo.
–Usted dice que Laclau concibe al pueblo como un conjunto de demandas “equivalenciales” articuladas por un significante vacío. ¿Qué es el significante vacío?
–El significante vacío es el lema que se utiliza para aglutinar a las masas, tanto en el populismo de izquierda como en el de derecha. No es que el contenido esté vacío: no está predeterminado. El contenido es lo que el líder elige, olfateando las demandas de la sociedad.
–Sería entonces la búsqueda pragmática de un contenido que no tiene por qué ser verdadero.
–Exacto. Por ejemplo, un significante peronista logró apartarse del liberalismo y del marxismo a la vez: su enemigo electoral era el imperialismo, y eso lo aglutinó.
–En el libro cita a Chantal Mouffe. ¿No le reconoce a ella o a Laclau algún diagnóstico acertado sobre las democracias liberales contemporáneas?
–Hicieron una lectura totalmente ideológica. Y además, sobre todo en las obras de Mouffe, utilizaron la teoría del amigo–enemigo de Carl Schmitt. Es otra de las cosas que tienen en común el populismo de izquierda y el de derecha: la lógica amigo–enemigo.
–Los gobiernos kirchneristas identificaron siempre un enemigo, como el campo o los militares ¿Fue una decisión consciente abrir esa “grieta”?
–Totalmente. Entre los gestos de Néstor Kirchner es clave aquel en el que va al Colegio Militar y baja el cuadro de Videla delante de todos los altos mandos del Ejército. Hasta ese momento, como gobernador de Santa Cruz, fue un aliado de los militares y se llevaba muy bien con todos ellos.
–En su libro, el decisionismo de Schmitt, o la voluntad del líder político por encima de la ley, se ejerce con los reglamentos de necesidad y urgencia. ¿Dónde está la frontera entre el decisionismo y el uso constitucional de esas facultades por parte del Poder Ejecutivo?
–En la Argentina hemos tenido dos orientaciones diferentes. El derecho administrativo, siempre en contacto con la Administración y la realidad –mis grandes maestros, Marienhoff, Bosch, Diez– entendía que los reglamentos de necesidad y urgencia eran una herramienta indispensable para los casos de necesidad impostergable, un estado de necesidad y una razón de urgencia. Ahí se aceptaba que el Ejecutivo dictara esas normas, válidas hasta que la Justicia las declarara inconstitucionales. Los constitucionalistas pensaban distinto: Joaquín V. González era defensor de los decretos de urgencia, pero otros se enamoraron del parlamentarismo europeo y se inclinaron por la prevalencia del Parlamento sobre el Ejecutivo. Cuando llega Alfonsín al poder, me consulta, y yo hice un artículo de doctrina diciendo que era válido el decreto de cambio de moneda de 1985, con el Plan Austral: no hay país donde el cambio de moneda se haga por ley, ya que los legisladores discuten esa ley y el efecto desaparece. Cuando llegó Menem, se dio cuenta de que era un instrumento de gobierno, y abusó de ellos. El Poder Judicial ha declarado inconstitucionales ciertos decretos, pero en general diría que fue bastante benevolente con el Ejecutivo. Sin embargo, los gobiernos no podrían gobernar la Argentina sin un uso razonable y moderado de los DNU.
–Según Laclau, el líder “encarna al pueblo”. ¿Cómo se explica que una construcción pensada como “horizontal” termine casi siempre personalizada en un líder irremplazable?
–Eso tiene mucho que ver, aunque no lo parezca, con la filosofía: sobre todo con Nietzsche y su idea del superhombre, el líder carismático que nunca se equivoca y puede conducir. Laclau entiende que el pueblo no se puede conducir colectivamente, siempre tiene que haber un mando, una autoridad. Eso es tan viejo como la historia. El problema es que en ese entramado se infiltra el pensamiento de la filosofía crítica: la filosofía woke, que busca la igualdad y quiere romper con los esquemas de la democracia tradicional. De ahí la alergia de los progresistas a la democracia representativa, que los lleva a desfigurarla y a plantear que debe ser “participativa” o “deliberativa”. Se desconecta el mecanismo de representación y se provocan representaciones momentáneas a través de referéndums o consultas populares.
–Leí sus críticas a la Justicia adicta. ¿Cómo la ve en la actualidad?
–Me parece que la Justicia está en un momento de transición. Hay fallos y conductas ejemplares. Hoy no se puede decir que haya una Justicia parcial ni imparcial, aunque responde más bien a las tendencias políticas dominantes de cada momento. Eso no es bueno para la democracia; pero tampoco es bueno que la Justicia se oponga a todas las medidas de gobierno. Tiene que haber armonía. Hay algunos fallos recientes de la Corte que son relativamente buenos.
–En el libro sostiene que la noción europea moderna es la de un Estado regulador y garante. En este proceso de desregulación, ¿hay riesgo de pasar de un Estado subsidiario a un Estado ausente?
–Sinceramente, no lo veo, porque una cosa es lo que se dice y otra lo que se hace, y en política hay que mirar más los hechos que el discurso. Se dice que la ayuda social es un robo, o que el Estado no tiene que asistir, y sin embargo, en la práctica, lo que se hizo es eliminar a los intermediarios de manera drástica. Pero se siguen dando las prestaciones a los más necesitados, sigue la Asignación Universal por Hijo. El Gobierno hace justicia social y no lo dice. Debería decir que lo que hace es una justicia social sustentable, como dice Juan Pablo II en la Centesimus Annus cuando se refiere al asistencialismo excesivo. A propósito, por primera vez, en una encíclica, la de León XIV, apareció el valor de la estabilidad monetaria como uno de los fines del bien común del Estado; no lo había visto antes en ningún documento de ese tipo.
–Ya que estamos con los papas: usted leyó todas las últimas encíclicas. ¿Cómo le resulta la pluma del actual Papa respecto de la de Bergoglio?
–Son plumas distintas, van en direcciones distintas. Lo que trata de hacer León XIV es unir todo en torno de un principio esencial, el bien común. Ahí sigue a Santo Tomás y a San Agustín. Hay una ligera reorientación, sin perder el punto de vista de la opción preferencial por los pobres. Francisco hablaba mucho del principio de subsidiariedad y poco del destino universal de los bienes, que era su punto clave, con una orientación más marcada hacia la pobreza. Este Papa se da cuenta de que la Iglesia es todo, no solo los pobres.
–Critica a los que compran empresas, se quedan con la ganancia y se van. ¿Cómo concilia eso con su defensa de la economía de mercado?
–Una regulación mínima siempre es necesaria, porque todas las actividades humanas deben desempeñarse en libertad, pero la libertad absoluta no existe: puede haber abuso; por ejemplo, cuando se crean monopolios que tratan de hundir a los competidores. Eso está mal, son armas desleales de competencia.
–Al ministerio de Regulación usted le pondría “de Regulación Apropiada”.
–Exactamente. En el fondo, siempre hay una regulación detrás.
–Pero la regulación excesiva genera...
–Corrupción. Hay corrupción en todos los gobiernos, unos más y otros menos, pero no hay que caer en algo sistemático, extraordinariamente brutal.
–Usted distingue entre la “igualdad real” –que llama la “quimera socialista”– y la “auténtica justicia social”, que compensa carencias. ¿El país transita hacia una justicia social más razonable?
–Para mí, sí. La igualdad real es una igualdad diseñada por el poder público, y eso genera desigualdades colaterales y nunca llega a realizarse. Si usted iguala todas las fortunas hoy, al día siguiente ya están desiguales de nuevo. Por eso se habla de la paradoja de la igualdad; cuando la quiere imponer, genera desigualdades. Creo que la pobreza va a bajar con la creación de nuevos empleos. Va a ser lento, pero la línea económica del Gobierno es acertada en ese punto.
–¿Qué oportunidad tienen hoy, en un momento del país en el que mucha gente siente el ajuste, los discursos o las propuestas populistas?
–Va a depender de la teoría de la cadena de equivalencias: si las demandas insatisfechas están separadas, cada sector reclama por su lado; pero si se unen todas en una misma tendencia hegemónica y eso estalla en su contra en una explosión social o una crisis, el Gobierno está perdido.
–En el texto relata que el gobierno de Macri fracasó pese a su buena dosis de economía de mercado. Este gobierno tiene una agenda de mercado. ¿Habrá resultados distintos?
–Creo que el Gobierno hizo una gran tarea de “sanidad administrativa”. Cuando Macri anunció que iba a tener 24 ministros, a mí me dio espanto: cada ministro implica una secretaría, cada secretaría seis, siete, ocho subsecretarías, una cosa monstruosa, con secretarías de secretarías. El otro error que cometió fue sacarle poder a los propios ministros.
–¿Hay responsabilidad en las clases dirigentes –en, por ejemplo, empresarios, académicos, juristas– por permitir casi ocho décadas de decadencia?
–Yo creo que sí. Todos somos responsables de la pérdida de los valores democráticos. Hemos tolerado muchas cosas. Me parece una característica muy antigua de los argentinos; la vio Ortega y Gasset en forma muy clara: el “no te metás”. Todos somos responsables de eso.
–¿Qué mecanismos institucionales propondría para evitar que el país vuelva a producir liderazgos tan personalistas?
–Creo que la representación proporcional es lo peor que le pasó al país: lo dividió y lo transformó en un negocio, el de las boletas, y por eso aparecen miles de partidos, todo fraccionado. Ese sistema, importado del modelo belga y propio del parlamentarismo europeo, va en contra del sistema argentino de democracia representativa, que fue pensado, justamente, para que no se consolidaran fuerzas hegemónicas. Yo plantee esto hace poco en la Academia Nacional de Ciencias: me gustaría volver a un sistema de mayoría y minoría. Eso ordenaría bastante las cosas. Pero no creo que la sociedad esté dispuesta a discutir este tipo de cambios.
–Con el libro, ¿descubrió algo nuevo en la teoría de Laclau?
–Lo que vi fue cómo se derrumbaba el sistema populista de Laclau en sus propios cimientos, por la corrupción generalizada, o como sistema de gobierno. Es la primera vez que veo un sistema organizado de corrupción. El kirchnerismo va a caer por eso; no va a poder salir de ese esquema.
–¿Qué cree que sucedió con el populismo argentino para que haya respetado la Constitución y el resultado electoral?
–A pesar del “Cristina eterna”, cayó por su propio descrédito. La prensa hizo una gran labor de esclarecimiento, al investigar los grandes negociados de esa época.
-¿Qué le sugiere la disputa de la prensa y el poder en el país?
–Creo que la libertad de prensa sigue siendo plena en la Argentina. Eso es lo que nos salva y nos distingue de otras épocas. La prensa quizás es un poco virulenta para el gusto del Gobierno, pero es necesaria: si no, no hay democracia. Es un instrumento fundamental de la sociedad democrática. Debería haber una crítica moderada, de un lado y del otro.
–Estamos a menos de dos meses de recibir al Papa en la Argentina. ¿Qué reflexión le genera que Francisco nunca haya venido?
–Francisco no vino nunca por una razón política: temía agrandar la grieta. Este papa viene, me parece, a tratar de limar esas asperezas. Tiene claro que la Argentina no es solo una parte del país, sino que la grey católica es muy amplia: el mensaje de Cristo es para todos, no solo para un sector.

Experto en derecho público
Juan Carlos Cassagne nació en San Nicolás de los Arroyos, en 1937. Jurista de destacada trayectoria, se volcó al ejercicio de la abogacía y, en el campo de la enseñanza y la investigación, al estudio de los temas fundamentales del derecho público y la ciencia política.
Es doctor en Derecho por la UBA, en cuya facultad ejerció la titularidad de la cátedra de Derecho Administrativo durante más de treinta años, y profesor emérito de la UCA, así como miembro de la Academia Nacional de Derecho y Ciencias Sociales y de varias Academias internacionales.
Es autor de numerosos libros de derecho, y acaba de publicar El Estado populista (Ediar).
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¿Debería la “causa” Malvinas ser el cemento de nuestra identidad nacional?
Leí días pasados la columna de un excelente humorista de nuestra prensa escrita. Decía, en base a que todos los argentinos amamos Malvinas: “O hacen un acuerdo entre todos los políticos argentinos en este tema o las Malvinas serán de ellos [los británicos] para siempre”. Como chiste está muy bien. Tomado en serio, paradójicamente, la humorada está mejor: revela la profundidad del callejón sin salida en el que estamos metidos. El reciente episodio, “Milei malvinero” –como era previsible–, lo ilustra.
Este es uno de los muros del callejón. Los argentinos nos rasgamos las vestiduras por lo mucho que la grieta nos hace sufrir. Entonces, miramos las islas con cariño, nos reconforta saber que “Malvinas es lo único que une a los argentinos”. Luego, los mismos argentinos que nos regodeamos por la unanimidad del amor patrio perfecto que nos regala esta causa, ¿qué hacemos? ¡Nos quejamos cada vez que un político agita la bandera malvinera en busca de provecho electoral! Somos muy vivos y nos damos cuenta en seguida: la causa, siempre “justa”, va pasando sucesivamente de unas manos “bastardas” a otras. Y nos indignamos de que se atrevan a manipular un sentimiento tan sagrado.
Si yo fuera de los políticos inescrupulosos (que los hay), y estuviera dispuesto a un sincericidio, le echaría en cara esta paradoja a la gente común: “¡Manga de ingenuos! ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Qué otra cosa podríamos hacer corriendo riesgos tan bajos, sino exaltar la causa de la que ustedes están tan enamorados?”
Confirmar la adhesión unánime de los argentinos a la causa es facilísimo. Basta preguntarles “¿cree usted que las Malvinas son argentinas?" Con un interrogante así, hasta yo podría contestar afirmativamente. Las encuestas y los estudios de opinión, por diseño, no andan con sutilezas. Menos aún cuando se trata de un sentimiento patriótico, un poco intimidante.
La cooperación sería un marco que sacaría al conflicto de su actual callejón
Sin embargo, cualquier observador dedicado puede percibir que en una sociedad diversa, heterogénea, como la nuestra, es más bien la sed de unanimidad la que nos empuja a creer que la causa es el cemento de nuestra identidad nacional. Pero no solo no es el cemento de nuestra identidad, sino que muchísimos argentinos concebimos la configuración de nuestra identidad de modos diferentes, preferimos otros componentes para mantener, a través del “plebiscito diario” (Auguste Renan), viva la llama de la nación. Y si bien podemos creer que la Argentina tiene derechos sobre el archipiélago, no ignoramos que eso no es tan incontrovertible como que dos más dos son cuatro (conocemos los argumentos de los historiadores y juristas británicos, y son tan defectuosos y refutables… como los nuestros), y no estamos dispuestos a que el código de la causa, prohibido olvidar, Malvinas une a los argentinos, volveremos, sea regente de nuestro pasado, presente y futuro.
Sabemos que la causa hizo caer a nuestra sociedad en la trampa catastrófica de 1982, que festejó alborozada y permitió mandar a la muerte a jóvenes que tenían la vida por delante, y de la cual luego se des-responsabilizó frívolamente; sabemos que el territorialismo la lleva a querer arrollar a la pequeña comunidad calificada con desdén de kelpers; sabemos que ha cometido la desmesura de convertir un objetivo contingente en un mandato constitucional, sabemos que está orgullosa de haber teñido el deporte de nacionalismo cultural, sabemos que considera normal que nuestra política exterior y nuestra diplomacia estén subordinadas a esta obsesión, entre otras hazañas.
Esos muchísimos argentinos disidentes constituimos una minoría que debería ser reconocida. Pero eso no depende de la mayoría que, aunque sea difusamente, adhiere de buena fe a la causa. Mientras la disidencia no se exprese, no deje oír su voz, el ciclo de un estallido malvinero, una expectativa de corta duración, una bronca, una frustración y un olvido (olvido del ciclo, de modo tal que otro ciclo podrá tener lugar), se reiterará.
Sabemos que la causa Malvinas hizo caer a nuestra sociedad en la trampa catastrófica de 1982
Estos ciclos profundizan el callejón sin salida por dos razones. Una a nivel emocional, cultural, ideológica: generan más frustración, pero acrítica. Cada día te quiero más y cada día odio más a los que me prometen lo que preciso que me prometan. La otra tiene varias dimensiones; si insistimos en encarar la cuestión como causa territorial-cultural, eso genera efectos identitarios: encallece la mezcla de resentimiento, unanimismo y territorialismo (por ejemplo, desde 2021 nos venimos haciendo los piolas con el Estrecho de Magallanes) y nos alejamos de un amor a nuestra nación sin resentimientos y centrado en un patriotismo republicano.
La causa, y su cifra constitucional, están fijadas de modo tal que el único juego posible es de todo o nada, de suma cero. Esto es muy malo porque nos despoja de flexibilidad, margen de negociación, imaginación de soluciones compartidas; los políticos o diplomáticos que las avizoren temerán ser acusados de traidores a la patria, si no se callan. La causa, maciza, homogénea, sagrada, nos lleva de narices a la confrontación, no a la cooperación.

La cooperación sería un marco en el cual la inclusión de la cuestión Malvinas la convertiría en algo más susceptible de acuerdos, la sacaría del actual callejón, pero para la causa es anatema (ejemplo: las iniciativas de las excelentes duplas Di Tella-Cisneros y Di Tella-Petrella, el paraguas de soberanía y el acercamiento a los malvinenses, se volvieron anatemas y fueron ridiculizadas con los triviales ositos Winnie Pooh). Por fin, en el marco de la causa una política de imponer costos (sanciones) a británicos (sean ingleses, sean malvinenses) es ciega al hecho de que pagamos por ella precios aún mayores, logramos que el odio se profundice y que la integración económica y la inversión extranjera directa se resientan. Como si fuera poco, anunciando un contra-ajuste en seguridad nacional y defensa.
Ojalá la disidencia empiece a hacerse oír con más fuerza.
Y ahora entro en detalles con “Milei malvinero”, el nuevo Milei, quien dio –dicen– un giro de 180 grados. En la etapa inicial de su presidencia, Milei hizo declaraciones impactantes, porque daban a entender claramente que, a su criterio, si bien las Malvinas eran argentinas, la voluntad de los isleños debía ser respetada, manifestando su optimismo sobre que eso sucedería más temprano que tarde, debido a la prosperidad que nos esperaba a los argentinos.
Rebuscadas y algo sibilinas como fueron sus dos declaraciones, la dirección era inconfundible: Milei estaba entrando en el terreno de la herejía (los deseos de los isleños). Evidentemente, por su cuenta y riesgo, todo lo cual tenía su mérito. Aunque era demasiada sobreactuación, ya que el Presidente acompañaba lo que parecía anunciar una innovación de política (que no concretó) con coloridas alabanzas a Margaret Thatcher. Quizás tuvo por acicate sus ilusiones triunfalistas, la inexorable llegada de la inflación cero en un par de años y el crecimiento a toda máquina.
Así, Milei se había convertido en el jefe de la disidencia. Esa posición era divisiva, y eso no tenía nada de malo. No tiene nada de malo, a mi juicio, una tesitura divisiva en una causa que, precisamente porque une a todos los argentinos, ha extraviado y creo que nos seguirá extraviando a todos, mientras no la reformulemos.
Pero el Presidente se ha desplazado ahora a una política unanimista, dicen que por motivos de cálculo electoral o porque los lazos emocionales con la sociedad se están aflojando debido a que los impactos sociales de su economía hacen que muchos tiriten en la intemperie y pierdan confianza. O porque alguna eminencia gris descubrió que Milei estaba flojo de empatía. Personalmente no me importan sus motivos.
Lo cierto es que en la más rigurosa ortodoxia declara sagrada la causa que une a todos los argentinos y recita el mantra: los kelpers son usurpadores a los que no les cabe la autodeterminación. Prefiero no discutir con Milei, y hacerlo con mis lectores: quizás a los isleños no les quepa el derecho de autodeterminación; lo que sí podría caberles perfectamente sería una decisión que expresara una voluntad política en un marco cooperativo: no abrimos mano de nuestros derechos, reafirmamos nuestro mandato constitucional, pero no haremos nada a contrapelo de la voluntad de los malvinenses.
Pero esta ruptura con el dogma solamente es concebible en un marco de cooperación. Fuera del pluralismo de cuño liberal y del civismo republicano, ese marco cooperativo es inconcebible. Son modos muy diferentes de convocar a los argentinos, y desde la enemistad de Milei con el pluralismo, la convocatoria que nos hace, la del nacional territorialismo, la seguridad nacional, es coherente. La política sobre la cuestión Malvinas solo puede ser entendida en un ámbito más general, y a mi criterio el que ofrece Milei no ofrece dudas acerca de su estrechez.
Una pena, porque el contexto internacional nos ayudaría. Como enseñan los que saben de relaciones internacionales, los contextos son ineludibles, no se los debe ignorar. Hay que adaptarse a ellos. Pero los márgenes de maniobra y de elección de los Estados periféricos (como el nuestro) pueden ser muy grandes. Hay grados de libertad que tienen una importancia sustancial. China como recién venido dinámico y Estados Unidos restregando sus ojos de dormilón, van sentando sus reales en la región meridional de ambos océanos. Nos guste o no. Pero la elección de nuestra trayectoria en ese nuevo marco depende en mucho de nosotros. Gran Bretaña está muy lejos de ser un actor descartable en el nuevo escenario (que incluye la península antártica y más).
En una región muy compleja, en lugar de apalancarnos en los Estados Unidos para confrontar con Gran Bretaña (y por lo que parece, también provocar un poco a Chile, arrugando innecesariamente los bordes del Tratado de 1984), podríamos aprovechar la oportunidad que presuntamente nos brinda el Imperio americano para buscar los beneficios de la cooperación. Digamos de paso, si las cosas se ponen difíciles en la Antártida (nunca se sabe), ¿qué sentido tendría llegar en ese momento a la breña con británicos y chilenos?
Pero no. Estamos eligiendo un camino confrontativo. Muy poco promisorio. Otro ciclo de exaltación, frustración y bronca. La eminencia gris debería entender que no siempre es útil tratar a los demás como si fueran distraídos.
Vicente Palermo es politólogo, miembro del Club Político Argentino
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¿Se puede creer en la Biblia sin creer en Dios?
Mientras la Argentina se prepara para la primera visita de un Papa desde 1987, las discusiones sobre la religión en el siglo XXI siguen vigentes. En los últimos años, esas discusiones saltaron incluso a la política: líderes globales hablan de regresar a los valores judeocristianos de Occidente.
¿Cuáles son esos valores? ¿De qué manera pasaron de la religión a las sociedades modernas? ¿Se pueden aprovechar los recursos para la vida que ofrece la Biblia, aun sin tener fe?
Con esas preguntas en mente, dialogué con Guillermo Marcó, uno de los más destacados intelectuales católicos, sacerdote, director del Servicio de Pastoral Universitaria de la Arquidiócesis de Buenos Aires, copresidente del Instituto del Diálogo Interreligioso, y ex vocero de Jorge Bergoglio. La conversación promete seguir.
Gonzalo Garcés: Guillermo, te propongo esta idea para empezar: yo creo que la Biblia contiene verdades que son fundamentales, crea uno en Dios o no. Pascal pensaba algo parecido: decía que aunque uno no tenga fe, debería vivir como si creyera, porque así vivirá mejor. ¿Por qué? Bueno, veamos qué hace Jesús en los Evangelios: practica el amor incondicional, el perdón incondicional. Padece casi todos los sufrimientos que pueden tocarle a un ser humano, y aun así no renuncia a su amor ni a su compasión. Aunque yo no crea en la Resurrección, adoptar esa posición frente a la vida -seguir los pasos de Jesús, como pide San Pablo- puede salvarme acá y ahora.
Guillermo Marcó: Sí, yo puedo leer los Evangelios como un libro que me enseña sobre la sabiduría de la vida, un libro de autoayuda, aunque no sea creyente, pero me quedaría en la puerta. Adentrarse en la Biblia es misterioso, esos relatos han inspirado a tanta gente que no solo creyó, sino que apostó su existencia a eso. A San Pablo, que era perseguidor de los cristianos, se le aparece Jesús en el camino de Damasco y lo ciega; después Ananías lo adoctrina en la fe y Pablo recupera la vista. Fijate lo que cuenta Javier Cercas en Un loco de Dios en el fin del mundo: él, un escritor ateo y anticatólico, acompaña a Francisco a Mongolia, a visitar a esa comunidad tan chica, y encuentra un misterio. Borges también era un cultor del misterio. Alguien que dice: no tengo la certeza, pero siento la experiencia de algo que no alcanzo a entender con la razón.
G.G: Tal vez Borges era más cristiano de lo que él mismo creía. En su cuento “Tema del traidor y del héroe”, Fergus Kilpatrick quiere que su muerte sirva para inspirar a la causa de la independencia irlandesa. Entonces arma una puesta en escena, utilizando textos de Shakespeare, para que su muerte inspire fe en los patriotas y ayude a la liberación de Irlanda. Es como una versión laica de lo que pasa en los Evangelios. Jesús también, para que su causa triunfe, escenifica textos escritos por otros: las profecías del Antiguo Testamento. Por ejemplo, entra en Jerusalén a lomos de un burro, poniendo en escena lo que profetizó Zacarías. Y explica que debe proceder así para que todos crean y se cumpla su misión salvadora. El cristianismo permite estas interpretaciones.
G.M.: Es que, aunque parezca una paradoja, Occidente puede ser ateo gracias al cristianismo. Porque el cristianismo promueve la libertad. Dios nos hizo libres y por lo tanto, la fe es una respuesta libre del hombre a Dios. Esa libertad es el único lugar donde Dios se retira, donde deja que decida el corazón del hombre.
G.G.: Eso es verdad, aunque si sigo la letra del Evangelio, creer me lleva a la vida eterna, y no creer me lleva al infierno, así que muchas opciones no tengo... Salvo que entienda al cielo y al infierno como estados del espíritu. Entonces el cielo y el infierno son algo que fabrico yo mismo. Tolstoi propone algo así en Ana Karenina: cuando el personaje de Levin se enamora de Kitty, está en el cielo, aunque ese cielo está acá en la tierra. En el extremo opuesto, cuando Ana queda vacía de amor, está en el infierno, aunque también está acá en la tierra. ¿Cómo es tu visión de esto?
G.M.: Yo no podría entender a un Dios que, como muestra Dante, castiga a la gente eternamente. Porque me parecería un sádico y no podría ni rezarle. Cuando alguien pregunta si hay castigo, yo digo que es autocastigo. En el fondo, es como que Dios te dijera: la verdad es que te estás haciendo daño. Como cuando yo veo a alguien fumar y le digo: “Te estás haciendo un daño”. La advertencia de Dios está en esa línea. Es como un coach que quiere tu mejor versión, por decirlo en términos contemporáneos.
G.G.: Me gusta esa idea de Dios como coach. En los relatos bíblicos, Dios se manifiesta de diferentes maneras. Una de las más hermosas es como un llamado a la aventura, cuando le dice a Abraham que deje su casa y vaya a una tierra extraña. Esto también lo podés interpretar como un acontecimiento divino, si tenés fe, y si no la tenés, podés entenderlo como esa voz que uno oye a veces en su conciencia, y que le dice: estás para algo más, hay un potencial no realizado en vos, algo que te llama.
G.M.: Sí, eso que Dios le dice a Abraham: “Dejá tu casa y ve a la tierra que Yo te indicaré” me gusta mucho. Los chicos dirían: salí de tu zona de confort. Yo creo que la fe, justamente, tiene mucho de eso. Cuando yo dije que “sí”, no tenía ni idea de a qué decía que sí. Yo sólo tenía una certeza en el corazón de que Dios me invitaba a seguirlo. Tenía que explicarle a todo mi mundo de amigos y de familia no tan creyente que yo quería ser cura. Y yo tenía la sensación de que tenía que explicar algo semejante a “me enamoré de una que ustedes ven como fea”. ¡Pero estoy re enamorado! Y la aventura de la vida fue muchísimo más rica de la que yo hubiese tenido de otra forma. Nunca podría haber imaginado, por ejemplo, que me iba a tocar trabajar nueve años siendo la voz pública de una persona que después terminó siendo Papa.

G.G.: Dejame dar otro ejemplo de la sabiduría que yo, aun sin creer en Dios, encuentro en la Biblia. Yo creo que la cultura moderna, en gran medida, adoptó el mito del buen salvaje de Rousseau: es decir, que la naturaleza humana es buena. El problema es que en la práctica, no somos buenos: cualquier persona normal y decente también envidia, miente, odia, manipula, lastima a otros por egoísmo, y cosas peores. Y éste es el problema: si creo que la bondad es la norma, y la realidad me muestra que no soy bueno, la inferencia es que yo debo estar especialmente fallado. Fijate entonces la paradoja: el iluminismo venía a liberarnos de la culpa cristiana, pero en los hechos genera mucha más culpa. La visión judeocristiana es más realista: asume de entrada que vamos a hacer el mal. Y nadie es menos digno por eso. A los modernos podrá parecernos repugnante la idea del pecado original, pero en lenguaje laico esto solo significa que somos seres contradictorios, ensamblados a los ponchazos por la evolución, que de modo inevitable vamos a hacer cosas buenas y malas. El judaísmo y el cristianismo, al menos, nos ofrecen recursos concretos para lidiar con nuestras faltas: la confesión, el arrepentimiento, el perdón, una nueva oportunidad. Están mucho mejor adaptados a nuestra realidad y nos hacen la vida más vivible.
G.M.: Eso me parece interesante. ¿Y qué es ser bueno? “Sólo Dios es bueno”, dice Jesús. Yo creo que ese dualismo de carne y espíritu, que son irreconciliables, es algo que se filtró en el cristianismo, para mal, a través de otras tradiciones, como el maniqueísmo. En la misma línea, Lutero decía que el hombre está totalmente corrompido por el pecado, y que por lo tanto no es susceptible de hacer ninguna obra buena, y que solo te salvás por la fe. Lo que propone el catolicismo es distinto: Dios te hizo bueno, pero tenés una propensión al mal, y eso es el pecado original. San Pablo dice: ¿a vos te pasa que querés hacer el bien y muchas veces te sale el mal? Bueno, entonces debe haber algo en nosotros que está medio fallado en el origen, pero que no viene de Dios. ¿Cuál es la instancia de reparación? Ahí entra la necesidad de un Salvador. Y es lo que te decía al principio: vos podés leer la Biblia como un libro de autoayuda, pero la diferencia es que cuando creo, siento que Jesús está de mi lado para arreglarme por dentro, y así Él me va reparando para ser mejor persona de lo que podía ser. Dios te va modelando la vida, y cuando vos hacés el bien, tu bien se multiplica en los otros. Claro que la fe también te puede volver horrible.
G.G.: ¿Por qué?
G.M.: Porque si miro la historia, también hay gente que ha cometido aberraciones en nombre de la fe. El gran riesgo de la fe es el fundamentalismo, ¿no? Cuando no podés admitir que el otro tenga algo de razón, te volvés peligroso.
G.G.: ¿Podés contarme algo de tu experiencia en el Instituto del Diálogo Interreligioso?
G.M.: Fuimos aprendiendo que ninguno de los tres va a cambiar la tradición religiosa del otro. Entonces, paradójicamente, aunque es un instituto de diálogo interreligioso, no discutimos de religión. Sí participamos en las celebraciones del otro y aprendemos de lo que cada tradición enseña. Muchas veces invité a Dani Goldman, por ejemplo, a que venga el jueves santo a contarle a mis chicos que es una comida de Pésaj, para que entiendan qué es lo que hace Jesús en la última cena. También me encanta ir al inicio del mes de Ramadán, y ellos vienen a la misa de nochebuena. Así entendemos qué cosas tenemos en común: los tres creemos en la trascendencia, pero llegamos a Dios por caminos diferentes. También creemos en las buenas acciones. La paz es otro tema del que hablamos con frecuencia. Hicimos congresos en Roma sobre la encíclica de Francisco sobre el tema del medio ambiente. Promovimos la jura de la bandera interreligiosa, juntamos a chicos de colegios judíos, católicos, musulmanes, evangélicos y del Estado. Los que menos prejuicios tenían eran los chicos. Jugaban las mismas cosas, hablaban de fútbol. Lo último que me preguntaban es de qué religión sos.
G.G.: Hay un esbozo de universalismo...
G.M.: Exacto. En el libro de Jonás, en el Antiguo Testamento, Dios lo manda a predicar a Nínive, que es como que yo te mandara a predicar a Las Vegas. Entonces Jonás se embarca en la dirección opuesta. Dios manda una tormenta y Jonás dice que la tormenta la mandó Dios por culpa suya. Lo tiran al mar y se lo traga un pez, que después lo escupe en la playa de Nínive. Jonás predica de mala gana, y se enoja porque los demás se convierten y se salvan.
G.G.: Esa historia es fascinante, porque marca una revolución en el pensamiento antiguo. En aquel entonces, la única solidaridad posible era con tu propio pueblo; los extranjeros apenas eran humanos. Mandar a Jonás a predicar a esos extranjeros, que para colmo son enemigos, decir que la ley que nos sirve a nosotros vale también para ellos, es el comienzo de la idea de humanidad, de que hay algo que nos une más allá de las diferencias de nación, de lenguaje, incluso de religión. Es casi el germen de las Naciones Unidas. Es otra muestra de la grandeza de la cultura judeocristiana, incluso más allá de la fe.
G.M.: Ese es el Dios en el que yo creo. Es un Dios que tiene compasión de todos.
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El Consejo de la Magistratura requiere abogados probos
Pocos comicios inciden tanto en la vida institucional del país como la elección de quienes deciden qué jueces tendremos. El próximo 20 de octubre, los abogados de la matrícula federal en todo el país elegirán a sus representantes en el Consejo de la Magistratura de la Nación para los próximos cuatro años.
La elección llega en un momento crítico. La demora en la cobertura de vacantes judiciales se ha vuelto un problema estructural que afecta el funcionamiento cotidiano de los tribunales. La confianza pública en la Justicia está erosionada, y la distancia entre los ciudadanos y el sistema judicial no deja de crecer. A esto se suma un mecanismo de selección que, en la práctica, hace girar el destino de una candidatura en torno de una entrevista personal ante el plenario, relegando a un segundo plano lo que debería ser decisivo: la trayectoria profesional, la experiencia concreta en el ejercicio del derecho y los antecedentes de los postulantes.
No se trata de una percepción aislada. En marzo de este año, la propia Corte Suprema de Justicia de la Nación aprobó un proyecto de nuevo Reglamento de Concursos (Acordada 4/2026) y lo remitió al Consejo de la Magistratura para su tratamiento. En sus fundamentos, el máximo tribunal reconoció que la entrevista personal se venía aplicando “sin criterios suficientemente estandarizados” y con una amplitud que permitía alterar el orden de mérito construido en las instancias técnicas previas. El proyecto propone acotar esa etapa a veinte puntos sobre un total de doscientos, distribuidos en pautas tasadas, y establecer reglas objetivas para la conformación de las ternas. Los próximos consejeros abogados serán quienes decidan si esa reforma se adopta o se archiva.
En ese contexto, quiénes ocupen las bancas del estamento de abogados no es un asunto político: es una decisión que moldea la Justicia que tendremos en los próximos años. Ellos también deben demostrar total independencia de los partidos políticos.
Los candidatos a este estamento deben ser abogados de integridad comprobada, con experiencia genuina en el ejercicio de la abogacía en cualquiera de los departamentos judiciales del país —no solo títulos académicos o cargos formales—. Deben tener, además, un profundo conocimiento de la Magistratura de la Nación: saber cómo funcionan los tribunales, qué desafíos enfrentan los jueces y qué es lo que hace a un buen magistrado.
Solo la reputación y la solvencia profesional permiten a un consejero abogado dialogar de igual a igual con los otros miembros del Consejo: jueces, legisladores, académicos y el representante del Poder Ejecutivo. Quien carezca de ese peso propio será irrelevante en las discusiones o, peor aún, funcional a intereses ajenos a la Justicia.
La abogacía organizada tiene, entonces, una responsabilidad que excede lo gremial: proponer candidatos a la altura de la tarea de seleccionar magistrados para la Nación y evitar que esta elección se convierta en una interna partidaria.
Pero el perfil de los consejeros importa, en definitiva, por lo que está en juego: la independencia del Poder Judicial. El Consejo de la Magistratura es su guardián institucional, porque decide quiénes serán jueces, si incurren en inconductas y si deben ser merecedores de sanciones. La Constitución Nacional lo exige y la República lo necesita: jueces independientes y probos, que fallen conforme a derecho sin ceder ante presiones políticas ni corporativas. El Consejo es el garante de que el proceso de selección sea transparente, meritocrático y ajeno a componendas. El artículo 114 de la Constitución trazó ese diseño: un Consejo que equilibra la legitimidad democrática con la independencia técnica del Poder Judicial. Ese debe ser el norte irrenunciable.
Las consecuencias de un Consejo que no funciona no son abstractas. Hoy la Justicia nacional arrastra centenares de vacantes sin cubrir. Los concursos tardan años en resolverse y, mientras tanto, los juzgados funcionan con subrogantes que carecen de la estabilidad y la independencia que otorga un nombramiento definitivo. Cuando el Consejo no selecciona con rigor, se designan jueces débiles, se demoran concursos, se protege a quienes deberían ser investigados, y la Justicia pierde credibilidad ante una sociedad que cada vez la percibe más lejana y menos confiable. Por todo esto, los abogados de la matrícula federal no pueden dejar de votar el próximo 20 de octubre. Y deben hacerlo pensando en la institución, no en el candidato de su grupo; votando por aquellos que hayan demostrado, con hechos, la solvencia y la probidad que el cargo exige.
Elegir buenos consejeros es el primer paso para tener buenos jueces. Y tener buenos jueces es condición necesaria para que la República funcione.
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Milei y las Malvinas, oportunidad y oportunismo
La diferencia entre una oportunidad y su desviación, el oportunismo, a veces es difícil de precisar, pero siempre está conformada por hechos verificables, inventos, fantasías, verdades deformadas y mentiras apenas disimuladas.
El conflicto de las Malvinas es un universo intenso y contradictorio, aunque al final del camino aparece una causa noble, construida por los argentinos y muchas veces destruida por nosotros mismos.
Javier Milei apenas acaba de ingresar a ese lugar en nombre de una circunstancia que, por una vez, lo obliga a renegar de su sectarismo mientras a cambio pide al resto del sistema político el seguimiento a su criterio. El Presidente fue impulsado por la advertencia de Santiago Caputo, su asesor en comunicación, de que había una ventana por la que entrar al tema con perspectivas de obtener una ganancia. Oportunidad y oportunismo, otra vez.
El conflicto de las Malvinas es un universo intenso y contradictorio, aunque al final del camino aparece una causa noble, construida por los argentinos y muchas veces destruida por nosotros mismos
La oportunidad es el razonable reclamo que la Argentina tiene que instrumentar, a pesar de su escaso poder jurídico e institucional frente a la política fáctica de Gran Bretaña y ante la inminente extracción de petróleo en aguas argentinas bajo dominio militar británico. La exploración comenzó hace más de una década, pero la explotación del recurso ocurrirá en aproximadamente un año y medio.
Durante el kirchnerismo se aprobó la ley en la que ahora se basará el Estado argentino para tratar de sancionar a las empresas que participen del negocio. En esos años empezaba a crecer lo que ahora ya es casi una realidad: la explotación intensiva de Vaca Muerta, abierta a grandes inversiones de los principales jugadores en el negocio de la energía.
Bloquear el acceso a Vaca Muerta a las empresas que explotarán el petróleo de las Malvinas puede ser una barrera mucho más efectiva que la escasa posibilidad de aplicar las leyes argentinas fuera del país.
Todavía no fue precisado si de verdad Donald Trump hizo o hará un gesto real a la Argentina respecto de Malvinas o si solo usará nuestro conflicto como parte de su juego de presiones para sacar ventaja frente a adversarios del momento, como el actual gobierno de Londres, del que pretende más fondos para la OTAN.
Milei juguetea con ese presumible apoyo, que puede ser un camino a ninguna parte. Es la primera vez desde la guerra de 1982 que un presidente argentino insinúa que hay un cambio importante en la política por Malvinas.
Bloquear el acceso a Vaca Muerta a las empresas que explotarán el petróleo de las Malvinas puede ser una barrera mucho más efectiva que la escasa posibilidad de aplicar las leyes argentinas fuera del país
De hecho, la cadena nacional de la semana pasada y los anuncios instrumentales de días posteriores fueron precedidos durante un par de años por versiones de origen indescifrable que indicaban que algo importante iba a ocurrir a partir de un cambio de posición de los Estados Unidos.
Contexto al contexto, esa mutación se encuadraría en el cambio de valor estratégico del Atlántico Sur en las últimas décadas y de la decisión de Trump de blanquear una política de repliegue continental frente al avance global de China.
Esos cambios y su implicancia para el interés argentino por las Malvinas no borran el pasado. Por el contrario, los antecedentes cobran nuevo valor.
La larga historia de desatinos recuerda que a Leopoldo Galtieri le hicieron creer que Estados Unidos lo apañaría en su decisión de ejecutar el plan de ocupación transitoria de las islas. Entonces, era todavía reciente una propuesta británica informal que le habían acercado al presidente Juan Perón poco tiempo antes de muerte, en 1974. Esa hipótesis de negociación planteaba una soberanía compartida por un siglo con tres banderas en simultáneo, la argentina, la británica y la de las Naciones Unidas.
Es la primera vez desde la guerra de 1982 que un presidente argentino insinúa que hay un cambio importante en la política por Malvinas
Galtieri jugó a todo o nada con un golpe de mano urgido por la necesidad de revivir una dictadura que, además de sus efectos más siniestros, nunca encontró las respuestas económicas y sociales prometidas en el golpe de 1976.
La derrota militar de 1982 es la madre de una situación que revirtió la decadencia de las islas e impulsó a los británicos a explotar la pesca hasta convertir a los isleños en los americanos con mejores ingresos per cápita del continente. Más acá en el tiempo, la próxima extracción del petróleo del subsuelo del mar argentino es otra consecuencia de aquella tragedia.
La Argentina, desde Raúl Alfonsín hasta Milei, hizo poco y fue contradictoria más de una vez en su intento de ignorar los efectos de la derrota militar.
Desde la guerra se alejó la posibilidad de una negociación por la soberanía, pero adquirió un vigor enorme el sentimiento de los argentinos por recuperar las islas. Esa voluntad colectiva es intensa y no decrece. Se expresa desde costados tan diversos y pintorescos como el deseo futbolero de ganarle a Inglaterra en los mundiales hasta el genuino fervor que despiertan los excombatientes en sus apariciones públicas.
Ese deseo colectivo es un mandato político que nunca se consuma, entre otras razones porque la Argentina está lejos de ser un país poderoso. La geografía seguirá colaborando por siempre con las razones argentinas: las islas están cerca, en la misma plataforma continental. Y como si fuera poco, aunque el país no haya crecido lo suficiente y haya alimentado su propia decadencia, el Reino Unido hace un largo siglo perdió su condición imperial y su paulatina pérdida de peso relativo es un dato incontrastable.
Milei se montó sobre esos sentimientos y esa realidad de siempre. Apenas vio un guiño de su amigo Trump y encontró un momento oportuno renovó el legítimo reclamo argentino frente a la explotación petrolera.
Malvinas nunca fue un tema que lo preocupara, al extremo de poner más de una vez a Margaret Thatcher como ejemplo de estadista.
Como todos sus antecesores, el libertario fue alcanzado por la idea de que él podría consumar el sueño que otros presidentes no lograron. Son tiempos convulsionados en el mundo. El peor peligro es que ese sueño se convierta en pesadilla.
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